Letras minúsculas
Carta al Papa | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Por: Juan Jesús Priego
Estoy cansado, muy cansado, y a manera de terapia he decidido leer esta noche –por cuarta o quinta vez: casi podría decir que me la conozco de memoria- la larga carta que San Bernardo de Claraval escribió hacia el año 1149 al Papa Eugenio III para darle consejos acerca de cómo gobernar la Iglesia y, al mismo tiempo, para regañarlo por su vida tan ajetreada y tan llena de sobresaltos.
El papa Eugenio III había sido monje en su juventud, de modo que en el fondo de sí mismo amaba la calma y el silencio; sin embargo, ahora que había sido puesto en el centro del mundo, por decirlo así, corría el riesgo de no encontrar tiempo ni siquiera para decir sus oraciones cotidianas.
«No te fíes demasiado del afecto con que por ahora amas la contemplación –le decía el santo en su carta-. Porque nada está fijado en el ánimo que no lo borre el descuido y el tiempo».
Cuando leo estas palabras pienso, no sé por qué, en mis amigos, y en el olvido en que los tengo. Es cierto que los quiero, y mucho, pero también es verdad que ya casi no los busco. Los días pasan y no sé nada de ellos. ¿Dónde están, qué hacen, en qué se entretienen? ¿Y no es precisamente esta ignorancia la que erosiona los grandes afectos? Es necesario caer en la cuenta, pues –me digo a mí mismo-, de que lo que mata el amor no es únicamente la traición, sino sobre todo el olvido. «No te fíes demasiado del afecto con que ahora amas»… No, no te fíes, porque de pronto, y sin que te des cuenta, llegará un momento en que ya no amarás.
«Otra vez te lo digo –prosigue la carta-: temo que entre la multitud de ocupaciones que te oprimen, como no esperas que acaben jamás, tu alma se familiarice con ellas, y de este modo te prives poco a poco a ti mismo de este justo y provechoso dolor que ahora sientes por verte cercado por ellas. Mayor cordura será hurtarles el cuerpo que permitir que te arrastren y te lleven a donde tú no quieras. ¿Me preguntas a dónde? A un corazón duro».
En otras palabras: ¿sufres por vivir como vives? ¿Se te parte el alma al comprobar que nunca tienes tiempo para aquello que consideras importante? Bien, entonces cultiva esta nostalgia: es buena, pues te dice que no es normal ni saludable vivir así. Además, el diagnóstico del santo es certero: cuando uno no tiene tiempo para sí mismo, cuando vive siempre como volcado hacia los deseos y las exigencias de los demás, el corazón acaba por endurecérsenos. Entonces nos volvemos secos, agrios y maleducados.
La psicología actual habla de burn-out para describir esta sensación de cansancio que se apodera de nosotros cuando, por no poder disponer de un tiempo propio, acabamos odiando a aquellos mismos que nos prometíamos atender y ayudar. Llega un punto en el que, ya bien situados en el borde de la desesperación, exclamamos: «¿Pero qué se piensa esta gente que sólo pide y no da nada? ¿Te hablan, te buscan? ¡Lo hacen porque por ahora te necesitan! Pero ya verás cuando hayan resuelto su problema: ni siquiera se acordarán de ti». Cuando nos sentimos utilizados, nos amargamos, y de ahí a que el corazón se nos vuelva duro como un ladrillo hay sólo un paso. El buen vino se vuelve entonces vinagre, y las sonrisas –que debieran ser signos de cordialidad y afecto- se convierten en desagradables muecas.
«Ve aquí, pues, a dónde te pueden llevar estas malditas ocupaciones si continúas entregándote a ellas sin dejar nada de ti para ti». ¡Dios mío, y pensar que quien ha escrito esto vivió hace casi novecientos años! El ser humano, desde entonces, no ha cambiado gran cosa, por lo que puede verse.
¿Qué quiere San Bernardo de su antiguo hijo espiritual? Sólo esto: que deje un tiempo para sí mismo; que se entregue a los demás, sí, pero que tampoco sea su esclavo. «Te ruego que me digas si es ocupación digna de ti estar desde la mañana hasta la tarde litigando u oyendo a los litigantes. ¡Y quisiera Dios que bastara al día su malicia! Pero las mismas noches no quedan libres. Apenas se da un rato para el reposo necesario del cuerpo, cuando nuevamente hay que levantarse para la audiencia de los pleitos… Gran virtud es la paciencia, sí, mas no deseo que la practiques en esta ocasión. Quizá sea más acertado que te impacientes alguna vez. No es buena paciencia permitir que te hagas esclavo pudiendo ser libre… Indicio de un corazón entorpecido es no sentir su propia y continua vejación».
En otras palabras: no te acostumbres a ser un títere de las voluntades ajenas. Sírvelos de todo corazón y con toda tu alma, pero deja un tiempo, aunque sea corto, para estar contigo mismo y con tu Dios. No es bueno –y por lo tanto tampoco es cristiano- andar por la vida con la lengua de fuera, como los perros demasiado exhaustos.
Prosigue San Bernardo: «Si das toda tu vida y toda tu ciencia a la acción y nada a la contemplación, ¿te alabaré? Ciertamente que no. Si quieres ser de todos, a la manera de aquel que se hizo todo para con todos (1 Corintios. 9,22), alabo la caridad, pero con tal de que ésta sea completa. ¿Pero cómo estará completa si te excluyes a ti mismo? Tú también eres hombre. Luego, para que tu caridad sea perfecta es preciso que en ella también te incluyas tú. Así, ya que eres de todos, sé también para ti mismo… De los sabios y los ignorantes eres deudor, ¿y sólo a ti mismo te niegas? Finalmente, el que es malo para sí mismo, ¿cómo podría ser llamado bueno? Acuérdate, por lo tanto, no digo siempre ni a todas horas, pero sí algunas veces, de tener tiempo para ti mismo».
Cierro el libro que contiene esta carta, doy un beso a sus pastas grises –es un libro de la BAC, esa editorial imprescindible, al menos para un católico-, bendigo a Dios por la existencia de estos santos comprensivos y humanísimos, apago con un solo movimiento de manos mi teléfono celular y me digo a mí mismo que es necesario dormir.
Dormir, sí. Por hoy ha sido todo. Que Dios me perdone por lo que debí hacer y no hice. Y, sobre todo, por haber querido convertir, durante mucho tiempo, mis noches en días: un pecado que se paga caro…

También lee: Saber esperar | Columna de Juan Jesús Priego
Letras minúsculas
Enseñanzas nocturnas | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Por: Juan Jesús Priego
¡Qué sueño más extraño! ¿O debo llamarlo pesadilla? Estaba yo en alguna parte –tal vez era un bosque, aunque no podría asegurarlo- cuando de pronto escuché una voz que me llamaba por mi nombre. ¿Quién podía ser? La voz me era desconocida y, sin embargo, me parecía de algún modo familiar
-¿Quién es? –pregunté girándome primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda, avanzando hacia atrás y luego hacia delante-. ¿Quién me habla?
En torno mío no había nadie más, y al descubrir esto me invadió el terror. Volví a preguntar:
-¿Quién es?
Literalmente, temblaba. Un sudor frío me hacía tiritar hasta el punto que tuve que ovillarme debajo de un árbol. ¿O es que llovía? No lo sé. A este respecto, lo único que puedo recordar es que se hacía de noche, cada vez más de noche, y yo no sabía qué hacer para detener el tiempo.
-Ven –me dijo la voz-. No tengas miedo.
-No tengo miedo –dije sólo por no quedarme callado-. Pero, ¿quién eres?
-Tu tiempo de estar en el mundo se ha acabado. Ahora debes venir.
Aquellas palabras, lo recuerdo aún, me hicieron ponerme muy triste. Ahora ya sabía yo quién era el que me hablaba de esta manera, pero, así y todo, no quería marcharme. Por lo menos, no todavía. Antes tenía que volver a casa y dejar arreglados todos mis asuntos. Estaba dispuesto a obedecer, pero antes necesitaba dejar mis cosas en orden.
-¿A qué esperas? –me urgía la voz-. ¡Dame tu mano!
-No, todavía no. Estoy por terminar el último capítulo de un libro muy importante para mí. Es, además, el tercer volumen de una trilogía, y si queda inconcluso este capítulo quedará trunca la obra entera…
¡Qué extraños son los sueños! Yo no estaba en ningún bosque, sino sudando frío en mi cama, pero por otra parte era verdad que por aquellos días estaba ya por concluir el cuarto volumen de mis Meditaciones en torno a la literatura y la fe. ¿Y cómo irme de este mundo sin haber puesto punto final a esta serie que ya consideraba yo la obra de mi vida? ¡No, todavía no, por el amor de Dios! Después de haber colocado ese punto, que Dios hiciera conmigo lo que quisiese, pero antes no. Insistí, pues, en mi sueño:
-¿Por qué no me dejas terminar este trabajo? Si me llevas ahora, nadie sabrá que existe y quedará sin haber sido nunca publicado. Me falta en realidad muy poco. Si me apresuro, en quince días estará listo. ¡Dame sólo quince días! No te pido más…
Pero la voz fue terminante:
-No. El tiempo se te ha acabado. ¡Ven!
-¿Es que no tiene importancia para ti que yo ponga punto final a ese libro? ¿No te importa nada?
-¡He dicho que no!
Me sentía como un niño que negocia y regatea con su padre con el único objeto de salirse con la suya. Lo que no alcanzaba a comprender es por qué se negaba Él a dejarme acabar esa obra. ¿Qué había de malo en ello? Se trataba sólo de quince días. No le pedía el elíxir de la inmortalidad, ni mi negativa era rotunda… Yo quería llorar. Me sentía incomprendido. Bajé los brazos y me quedé mirando la lejanía.
¿Qué me llevaba conmigo ahora que me llamaban? ¡No había podido terminar mi obra! El documento inconcluso estaba en la memoria de mi computadora y seguramente, para volverla a utilizar, mis parientes borrarían todo lo que se encontraran en ella: así, con un solo golpe de manos, con un solo clic. ¡Qué fracaso!
Con estos pensamientos me atormentaba a mí mismo cuando, de pronto, lo comprendí, y la intuición me hirió como un rayo: la vida del hombre es muy breve; por lo tanto, sólo nos justifica lo que hemos podido hacer en el transcurso de una hora, de un solo día, de un minuto. Lo que importa es, pues, el amor. Si escribir un libro fuera una justificación válida, uno no podría morir antes de que el libro estuviera terminado: morir antes sería absurdo. Además, no se escribe un libro todos los días, en tanto que se puede amar cada minuto. ¡Sólo el amor es un todo en sí mismo!
¿Qué me llevaba conmigo ahora que me llamaban? Sólo los pequeños gestos de amor que, entre un compromiso y otro, había podido realizar. En realidad, únicamente eso.
-Está bien, vamos –dije. Y, mientras levantaba el brazo, me desperté. Lo tenía tan entumido que ni siquiera podía sentirlo.
¡Qué sueño más extraño! Y, sin embargo, a partir de allí una cosa me ha quedado clara: que nada vale ante Dios más que el amor que en este único día podemos regalar. ¡Nadie sabe si mañana estaremos todavía en este mundo! Y también que, si es bueno escribir, todavía es mejor amar.
Escribió el doctor Bernie Siegel en uno de sus libros: “Somos mortales, todos vamos a morirnos algún día, no importa cuánto ejercicio hagamos o cuántas verduras biológicas comamos. Si admito esta idea, aprovecho al máximo mi vida en el presente, haciendo hoy lo que más me gustaría hacer el resto de mi vida. Mi actitud es que, si muriera esta noche o mañana, mi vida habría sido completa; me siento realizado porque he amado en plenitud. Yo suelo decir a todos, sanos o no, que deben vivir como si fueran a morir en cualquier momento”.
Ojalá le hagan caso, doctor. Porque nada hay más verdadero que esto. Anoche, mientras dormía, lo comprendí.

También lee: Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego
#4 Tiempos
Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Una vez, un famoso orador se presentó ante un auditorio muy numeroso para disertar acerca de La dignidad humana y sus fundamentos teóricos (así tituló su conferencia). ¡Pero, ay, tan largamente habló de estos asuntos que muchos asistentes empezaron a bostezar y otros francamente se durmieron! Entonces decidió cambiar de táctica y sacó de su cartera un billete de quinientos pesos, lo agitó en el aire y preguntó con voz tonante:
–¿Alguien quiere este billete?
Los que estaban despiertos levantaron la mano, y los que en ese momento dormían también la levantaron, e incluso más firmemente que los otros, un poco así como los diputados y los senadores la levantan en la Cámara a la hora de las votaciones. ¿Sobre qué van a votar? Sólo Dios lo sabe, pero ellos de todas maneras, para fingir que viven, dan muestras de asentimiento. Pero sigamos con nuestra historia. Era claro que todos querían participar en el dichoso concurso, pero ¿qué tenían que hacer para ganarse esos quinientos pesos?
El orador adoptó un aire misterioso, tiró al billete al suelo, lo pisoteó una, dos y cien veces, cual si bailara sobre él el jarabe tapatío, lo levantó del suelo y volvió a decir:
-El billete ha quedado un poco maltratado, como ustedes pueden ver. Pero si alguien lo sigue queriendo, que me lo diga.
Por demás está decir el revuelo que se armó. ¿A quién le importaba que estuviera maltratado? ¡Todos seguían queriendo aquel billete!
Luego el orador escupió sobre él, lo dobló, hizo con él una bola del tamaño de una pelota de golf y lo enseñó otra vez a su auditorio.
-Quien en tales condiciones siga queriendo este billete no tiene más que decírmelo y se lo daré.
Y he aquí que todos volvieron a levantar la mano.
-Bien –dijo entonces el orador-. Ahora ya están en mejor condiciones de saber qué es la dignidad humana. Cuando el billete estaba liso y crujiente, todos lo querían, pues valía lo que dice en cada uno de sus cuatro ángulos, es decir, quinientos pesos. Cuando lo pisoteé no una, sino varias veces, y quedó manchado con el lodo de mis zapatos, ustedes quisieron tenerlo aún, pues seguía valiendo quinientos pesos: mis golpes, como quiera que sea, no le hicieron perder nada de su valor. Luego lo escupí, pero no por eso ustedes le hicieron ascos. Pues así sucede con el hombre, señores y señoras. El hombre puede ser pisoteado, escupido, humillado; pero, pase lo que pase con él y le hagan lo que le hagan, nunca perderá su valor ni su dignidad.
El auditorio esbozó una sonrisa de comprensión y amabilidad, y el orador prosiguió de esta manera:
-Suceda lo que suceda, ante Dios siempre seremos valiosos e importantes: infinitamente más valiosos que este billete que, por lo demás, sólo vale quinientos pesos. ¿Ahora han comprendido ya en qué consiste la dignidad humana?
Y así acabó aquella conferencia. Espero que, por su bien, el orador haya sorteado entre el auditorio aquel billete, pues, de lo contrario…
Cuando leí esta historia en un libro de cuyo título no puedo acordarme, también yo sonreí. Pero no por el ingenio de este orador, sino porque ya había leído yo en un libro de la antigüedad cristiana una historia parecida.
Una vez –así comienza esta otra historia, mucho más antigua que la primera-, un peregrino fue en busca de un anacoreta para pedirle ayuda y un consejo. Estaba muy afligido por sus pecados pasados y no estaba seguro de que Dios fuera a perdonárselos. “No he sido bueno –gemía, desconsolado-; no he sido trigo limpio. ¿Tendrá Dios compasión de mí?”.
El anacoreta le habló largamente de la misericordia divina, le contó la historia de David y otras muchas tomadas de la Biblia; lo amonestó con graves palabras para que confiara más en la misericordia divina, pero el pobre peregrino seguía mostrándose al borde de la desesperación.
Entonces el santo hombre de Dios le hizo esta pregunta:
-Dime, si tu túnica se rasgara, ¿la tirarías?
-No. Esta túnica es la única que tengo; si se rasgara, la remendaría y volvería a usarla.
-Entonces, fíjate bien –respondió el anacoreta-: si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?
El peregrino sonrió lleno de gozo, luego lloró durante unos instantes, emocionado, y por último besó la mano del santo anacoreta: había comprendido la lección. ¡Ahora ya sabía cuál es el valor de la vida humana! Y, dándole las más sinceras gracias, reemprendió su camino…
¿No es ésta una historia bella y profundamente humana? En realidad, me gusta mucho más que la anterior. ¿Crees que, por lo que has hecho, Dios se va a deshacer de ti echándote en el olvido? ¿Crees que Dios se deshace de este modo de sus criaturas? Sí así lo crees, si esto es lo que piensas de Él, déjame decírtelo: aún no lo conoces. Como el billete del conferencista, el hombre puede estar sucio; como la túnica del peregrino, su corazón puede estar roto, pero no por eso a sus ojos vale menos. Tal es, en pocas palabras, el fundamento de la dignidad humana. Y quien quiera fundamentarla de otra manera y con otros argumentos construye sencillamente en el vacío.

También lee: Siempre hay gente así | Columna de Juan Jesús Priego
Letras minúsculas
Siempre hay gente así | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Hay gente que sólo llama cuando nos necesita. Mientras comen y beben, todo está bien, pero tan pronto como se les atora un hueso allí los tienes acordándose de nosotros. Yo conozco a muchos miembros de esta raza canina, y cuando veo su número telefónico parpadeando en la pantalla de mi celular, me digo: “¿Qué se les ofrecerá ahora? ¿De qué apuro hay que sacarlos?”.
–Juan Jesús, ¡qué milagro! ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¡Hombre, déjate ver más a menudo! Pero, mira, en realidad te hablaba para esto…
¡Vaya, por lo menos son sinceros! ¡Por lo menos no tratan de engañarnos diciéndonos que nos han hablado para otra cosa!
-¿En qué puedo servirte? –digo, sabiendo perfectamente que no estoy usando una frase retórica.
Pero las cosas se complican todavía más cuando suceden cosas como las que voy a contar.
Desde hace muchos años conozco una pareja que siempre anda, como decimos en mi tierra, a la cuarta pregunta. Yo no sé cómo han hecho para que sus hijos estudien en los mejores colegios, tomen por las tardes clases de alemán, y además sean socios de varios clubes recreativos de nuestra ciudad. Esto es un misterio para mí, pero no pienso desentrañarlo. ¿Para qué? ¿Qué me importa a mí saber cómo le hacen para sostener semejante tren de vida? Pero sucedió una vez que el patriarca de aquella extraña familia vino en mi busca para suplicarme que por favor le ayudara a conseguir una beca para su hijo mayor.
-No te imaginas –me dijo- cómo andan de mal nuestras economías. ¡A veces siento la tentación de colgarme de la viga más alta del techo!
“¡Pero si el techo de tu casa no tiene vigas!”, dije para mi coleto. Además, a este hombre yo lo había oído muchas veces hablar así, de modo que aquella confesión apenas me impresionó.
-Sí –dije yo-. Los tiempos son malos. Y en España están peor.
-¿Malos? Te quedas corto. Yo no sé cómo le vamos a hacer. Yo no sé. Pero, mira, todo es cuestión de que hables con los directivos del colegio y…
-Pero si se trata sólo de hablar, ¿por qué no lo haces tú?
-Ah, es que a ti te harán más caso. No es lo mismo que hable yo a que hables tú. ¿Comprendes?
Total que le prometí hacer lo que pudiera. Y, vanidad aparte, debo confesar que conseguí mucho más de lo que yo mismo hubiera deseado.
Para celebrar el triunfo, la familia me invitó a cenar a su casa. Y aunque dudé en hacerlo para no exponerme a nuevos sablazos, acabé yendo gracias a esa perniciosa incapacidad de decir que no que vengo padeciendo desde las más tempranas etapas de mi existencia. Bien, estábamos en la mesa cuando de pronto me preguntó la mujer; quiero decir, la matriarca:
-¿Y con quién habló usted para solucionar el asunto, si puede saberse?
Como la cosa podía saberse, dije:
-Con el señor Martínez.
-¿Con el señor Martínez? ¿Con Rogelio Martínez?
-Así es –respondí.
-¡Hombre! –exclamó la mujer-. ¡Pero si Rogelio Martínez es amiguísimo de mi marido! ¿Verdad que es amiguísimo tuyo, cariño?
-Sí –respondió éste-. Fuimos compañeros en la preparatoria, y además éramos inseparables.
-¡Ay! –volvió a gemir la mujer-. ¿Para qué molestaste al padre? ¡Tan fácil que hubiéramos podido arreglar este asunto nosotros!
“Pues lo hubieran hecho”, dije en voz tan baja que nadie pudo oírme. Y en este tono transcurrió aquella cena maldita. Por demás está decir que regresé a mi casa pateando latas. Y pasó un mes. Y luego otro mes. Y luego otro mes más. Y he aquí que mi teléfono, una tarde, volvió a sonar. Y, sí, era el número temido. “¿Qué se les ofrecerá ahora? ¿De qué apuro hay que sacarlos esta vez?”, me pregunté visiblemente angustiado.
-Juan Jesús, ¡qué milagro! ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¡Hombre, déjate ver más a menudo! Pero, mira, en realidad te hablaba para esto…
¿De qué se trataba ahora? De que por falta de pago la familia había perdido la membresía de cierto club recreativo… ¿Podía yo, en pocas palabras, conseguirles un pase de cortesía, de manera que los muchachos pudieran ir todas las tardes a nadar? ¡Ay, sufrían tanto por no poder hacerlo! Bien, se lo conseguí.
Y una vez que me encontré a esta pareja en un gran centro comercial, el capitán de aquellas panzas aventureras se aproximó a mí, me llamó su bienhechor y ya casi me estrangulaba con su abrazo cuando me preguntó su mujer:
– ¿Y con quién habló para solucionar este asunto, si puede saberse?
Como la cosa podía saberse, dije:
-Con la señorita Torres.
-¿Con Paty Torres?
-Así es –respondí.
-¡Ay, pero si Paty es casi mi comadre! ¿Verdad que es casi mi comadre, cariño?
Y para evitar lo que seguía miré el reloj, dije que tenía mucha prisa y me despedí de ellos corriendo. A los guardianes les pareció muy sospechoso que saliera del centro comercial arrollando a quien se me pusiese enfrente. Pero era mejor caer en la cárcel que volver a ver a estos mequetrefes.
Dios mío, ¿por qué tiene que haber gente así?

También lee: Conversación a tres voces | Columna de Juan Jesús Priego
-
Destacadas2 añosCon 4 meses trabajando, jefa de control de abasto del IMSS se va de vacaciones a Jerusalén, echando mentiras
-
Ciudad4 años¿Cuándo abrirá The Park en SLP y qué tiendas tendrá?
-
Ciudad4 añosTornillo Vázquez, la joven estrella del rap potosino
-
Destacadas5 años“SLP pasaría a semáforo rojo este viernes”: Andreu Comas
-
Ciudad4 añosCrudo, el club secreto oculto en el Centro Histórico de SLP
-
Estado3 añosA partir de enero de 2024 ya no se cobrarán estacionamientos de centros comerciales
-
#4 Tiempos4 añosLa disputa por el triángulo dorado de SLP | Columna de Luis Moreno
-
Destacadas4 añosSLP podría volver en enero a clases online










