agosto 26, 2026

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Opinión

Los reversos de Nicolás

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Retrato de Nicolás Araujo Saucedo (1898-1966), ferrocarrilero y masón.

Nicolás Araujo Saucedo (1898–1966): ferrocarrilero, masón, henriquista, preso en San Luis Potosí y en Lecumberri. Reconstrucción a partir de actas, prensa, archivos de vigilancia y diecisiete fotografías con texto al reverso.

El 23 de septiembre de 1961, Nicolás Araujo Saucedo fue trasladado del Campo Militar Número Uno a la cárcel de Lecumberri.

Eso está documentado. Dos periódicos de la época registraron el traslado. No sé cuándo lo detuvieron ni cuánto tiempo permaneció preso. Tampoco sé cómo salió. Las notas reproducen acusaciones de la Procuraduría, no una sentencia. Por eso no puedo afirmar qué hizo. Sí puedo afirmar que aquel día mi abuelo fue llevado a Lecumberri.

Murió antes de que yo naciera. Durante mucho tiempo sólo conocí una fotografía suya. No tengo una escena con él, una conversación ni un gesto que pueda recordar. Cuando digo que fue mi abuelo nombro un parentesco, no una experiencia compartida.

La fuente más cercana que tengo es mi madre, María del Socorro, Socorrito para él. Ella me contó que Nicolás era ferrocarrilero, masón y político. Me dijo que, por sus ideas, había estado preso. También me contó que él le enseñó a usar el telégrafo. No sé cuándo fueron esas lecciones, cuánto duraron ni qué aparato usaron. Nadie me describió la habitación. Lo que conservo es la frase de mi madre.

Los documentos confirman una parte de lo que ella cuenta. Nicolás nació el 10 de septiembre de 1898 en Guadalcázar, San Luis Potosí. En su acta aparece con un nombre más largo: José Nicolás Evaristo Araujo Sauceda. Otros registros lo llaman Nicolás S. Araujo o invierten sus apellidos. Esa variación permite seguirlo, pero también muestra lo fácil que es perder a una persona cuando el nombre cambia de un papel a otro.

En 1925 aparece como miembro de una sociedad mutualista de despachadores y telegrafistas ferrocarrileros en Cárdenas. En una fotografía de 1930 figura entre despachadores. Esos registros no cuentan cómo aprendió el oficio ni qué pensaba mientras trabajaba. Sirven para algo más limitado: confirman que el telégrafo del relato de mi madre pertenecía a una vida laboral concreta.

También está documentada su actividad masónica. Entre 1927 y 1933 ocupó distintos cargos en la logia Ignacio Ramírez número 10 de Cárdenas. Fue orador, vigilante, venerable maestro, secretario y primer experto. Las listas conservan los cargos. No conservan su voz. No sé qué decía cuando era orador ni qué buscaba en la masonería.

Su actividad política dejó más rastros, aunque tampoco forman una historia completa. En 1952 fue presidente de la Federación de Partidos del Pueblo en San Luis Potosí y participó como orador en un mitin. Un registro oficial lo incluye como candidato propietario, pero todavía no está cerrado cuál fue exactamente el cargo que disputó.

En febrero de 1959 firmó, desde la Comisión de Propaganda del Comité General de Huelga ferrocarrilero, un pronunciamiento sindical. Entre 1959 y 1961 estuvo cerca de Celestino Gasca y de los Federacionistas Leales. Un estudio histórico lo llama mano derecha de Gasca. Un informe de vigilancia de 1965 lo identifica como su secretario particular y como presidente de esa organización.

Los datos son una cosa y las acusaciones de la época son otra. El movimiento al que perteneció preparó una insurrección en 1961. Eso está estudiado. Pero los documentos revisados no prueban que Nicolás poseyera armas o explosivos. Tampoco permiten asegurar que fuera detenido en la redada realizada en casa de Gasca el 10 de septiembre. Lo comprobable es posterior: el 23 de septiembre fue trasladado a Lecumberri y, ante el juez, negó varias imputaciones. Dijo también que una declaración anterior había sido obtenida por la fuerza. Eso es lo que declaró. Yo no puedo completar lo que falta en el expediente.

Antes había estado preso en San Luis Potosí. Mi madre lo recuerda como preso político. Un periódico informó en enero de 1960 que había recibido una condena de cinco años por delitos relacionados con los disturbios ferrocarrileros. Falta la resolución judicial original. No sé cuánto tiempo cumplió ni en qué condiciones.

Una fotografía familiar añade otra clase de prueba. En ella aparecen catorce hombres frente a una reja. Nicolás está de pie en el centro. Al reverso escribió a Socorrito.

Socorrito:

El día de tu santo estuve triste pensando en… Esta cárcel no mata mis ideales y algún día tienen que triunfar. Por eso tengo fe y me enaltece y me dignifica esta cárcel, porque es por luchas nobles y generos as para liberar a los oprimidos.

Tu padre que te quiere,
Nicolás

S. Luis Potosí. La fecha parece ser el 27 de junio de 1959, día del santo y cumpleaños de mi madre, pero la lectura del año todavía no es segura. Parte del texto se perdió con la tinta.

La imagen prueba cómo quiso él presentarle su prisión a su hija. No prueba, por sí sola, la causa jurídica del encierro.

Ahora tengo diecisiete fotografías de Nicolás. Muchas llevan texto suyo al reverso. No sé con certeza si me llegaron por mi abuela o por mi madre. Esa duda también forma parte de la procedencia. En otra fotografía, probablemente de 1960, Nicolás escribió que buscaba cambiar los sistemas del país para que hubiera justicia para el pueblo. En una más, fechada en 1962, afirmó que había luchado por la Presidencia Municipal de San Luis Potosí, que había ganado y que le hicieron “chanchullo”. El mensaje es suyo. El resultado que relata no ha sido confirmado por otra fuente.

Hace unos días aparecieron cuatro más, dentro del PDF de una tesis sobre masonería ferrocarrilera. Esas no tienen nada escrito atrás. Por la reserva de la logia nunca estuvieron destinadas a un álbum familiar. Son las únicas imágenes suyas que llegaron hasta mí sin que él se las mandara a nadie.

Vuelvo al telégrafo.

El trabajo y la política lo traían de un lado a otro. Convivieron poco. En ese poco le enseñó a usar el telégrafo.

No sé si fue una tarde o si fueron muchas. No sé si ella llegó a manejarlo o se quedó con la lección. Sé que un hombre que se ganaba la vida transmitiendo mensajes, y a quien años después el gobierno le vigilaría cada reunión, se sentó con su hija a enseñarle a transmitir. Es la única escena que tengo de los dos. Y no la vi.

Mi abuela casi no hablaba de él. Yo nunca le pregunté. En la familia quedó la versión de que ella tiró o rompió materiales de Nicolás, quizá incluso quemó algunos. No sé cuántos eran ni qué contenían. Tampoco sé si actuó por miedo, precaución, enojo, cansancio o por una razón distinta. Relaciono esa destrucción con las actividades de Nicolás porque así llegó a mí la explicación familiar. La relación parece posible, pero no puedo demostrarla.

La misma mujer que destruyó esos papeles sabía dónde estaba enterrado. Una vez me llevó a visitar su tumba. Conozco el panteón. No sé en qué punto exacto está: podría llegar hasta la puerta y no encontrarlo. Ella cortó el rastro escrito y sostuvo el otro, el que no se puede quemar. Ese también se está perdiendo, ahora en mí.

Busqué a personas de otra rama de la familia. No quisieron hablar conmigo de él. No sé si su silencio viene de los mismos hechos, de otras memorias o simplemente de no querer compartirlas. No me corresponde convertir esa negativa en una confesión ni en una acusación.

¿Qué derecho tengo a escribir sobre una persona a la que no conocí? Tengo el parentesco, los documentos que he reunido, lo que mi madre me ha contado y las fotografías que quedaron. No tengo derecho a atribuirle pensamientos que no escribió ni a resolver por otros el silencio que eligieron. Eso es todo lo que tengo y no sé si alcanza.

Nicolás murió el 13 de junio de 1966 en el Distrito Federal. Ese dato cabe en un acta. Su vida no. Frente a mí quedan diecisiete anversos y sus reversos. Todavía no sé cuál de los dos lados contiene más de él.

Gonzalo Damián Hernández Araujo
San Luis Potosí, julio de 2026

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El Cronopio

Un pionero de la astrofísica en San Luis Potosí | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

Uno de los dos primeros potosinos en estudiar formalmente astronomía y en realizar investigación en astrofísica son Joel Cisneros Parra oriundo de Salinas, San Luis Potosí, y de quien hemos tratado ya en esta columna, y Antonio Sarmiento Galán que se recibiera como físico y como matemático en la década de los setenta del siglo XX en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Antonio Sarmiento Galán comenzó a estudiar física en la entonces Escuela de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, para interrumpir sus estudios y emigrar a la Ciudad de México donde ingresaría a la Facultad de Ciencias de la UNAM para estudiar simultáneamente la carrera de física y la carrera de matemáticas, mismas que concluiría en 1976. Estas líneas de formación regirían su vida académica y profesional, pues contribuiría a la investigación en física en el área de la astrofísica y posteriormente en el ámbito de las matemáticas, siendo actualmente investigador del Instituto de Matemáticas, Unidad Cuernavaca de la UNAM desde 1999; previamente había sido investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM de 1981 a 1998.

Su formación primaria en astrofísica fue en el tema en el que coincidieron estos dos personajes potosinos, pioneros en el estudio de la astrofísica, sistemas binarios. Su tesis de licenciatura en física presentado en 1978 versó sobre Etapas Evolutivas Avanzadas en Sistemas Binarios. Realizó su maestría en ciencias en la propia Facultad de Ciencias de la UNAM y su doctorado en el Departamento de Matemáticas Aplicadas del Queen Mary College en la Universidad de Londres donde vuelve a combinar su interés en la física y la matemática, que no la física-matemática. Su tesis de doctorado en dicha universidad fue sobre Gravitación en el Sistema Solar que presentó en 1981.

Entre sus estudios de formación y, en especial en astrofísica se encuentran Estudios para la Localización de un Sitio Astronómico en la República Mexicana, en la Facultad de Ciencias de la UNAM en 1977 y 1978 y, Ph ysical Cosmology en Francia en la École d’Été de Physique Théorique. Université de Grenoble. Les Houches, Haute Savoie en julio de 1979.

Antonio Sarmi ento, como astrofísico ha hecho importantes aportaciones científicas teóricas en temas como la evolución química del Universo, la gran explosión, la gravitación en teoría general de la relatividad y el vacío en sistemas no inerciales.

Su contribución no se ha limitado al carácter de investigación pues ha tenido una intensa actividad en educación, no sólo impartiendo cursos de astrofísica, relatividad, física teórica y gravitación, sino que ha realizado una destacada participación en actividades de educación no formal, en especial en divulgación de la ciencia, donde ha escrito numerosos textos entre artículos y libros entre los que se encuentran libros técnicos y de divulgación, participando, además, con conferencias, videos y programas de radio para todo tipo de público con temas de física y astronomía.

Antonio Sarmiento ha contribuido al desarrollo de la educación y la investigación científica en su tierra de nacimiento apoyando programas de divulgación como Domingos en la Ciencia en San Luis Potosí, La Semana de Física y La Ciencia en el Bar, donde ha participado en varias sesiones. Como la charla Fractales que puede consultarse en la dirección: https://www.youtube.com/watch?v=AutyQCtnuI8

En una entrevista para la revista “¿Cómo Ves?”, de la UNAM, rechaza la idea de que la labor científica sea evaluada por premios, “Por fortuna hay muchos investigadores para quienes lo valioso es tener amor por la camiseta de la ciencia, o pasar horas en el laboratorio haciendo un experimento. Ellos se olvidan por completo de premios o publicidad en la radio o la televisión”.

Antonio Sarmiento Galán nació en San Luis Potosí el 23 de abril de 1954 y se convierte en el segundo potosino en formarse profesionalmente como astrofísico y contribuir al desarrollo de la ciencia y la educación científica, siendo además uno de los primeros matemáticos potosinos.

También lee: El filósofo de Lo Mexicano, Luis Villoro Toranzo | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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Opinión

Farmear aura: la moda que copia al algoritmo sin saberlo | Columna de Gonzalo Hernández Araujo

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Ilustración en collage de dos jóvenes haciendo poses frente a una multitud, bajo recortes azules, magenta y grises.

Sistema Operativo

 

El 17 de agosto, decenas de jóvenes llenaron la Plaza de Armas de Morelia para turnarse a caminar despacio, sostener una pose exagerada o repetir el gesto de algún personaje de anime o de un futbolista, mientras el público decidía a aplausos quién se llevaba más “puntos de aura”. Al día siguiente hubo final. Cuatro días después ya había batallas convocadas en Veracruz (donde se organizó la primera del país) y en la Ciudad de México, esta con premios de hasta tres mil pesos. San Luis Potosí no tardó en sumarse: ya hubo batallas en la Plaza de Armas, en la FENAPO y en algunas colonias de la capital. Lo que hace unos días era una pregunta —¿cuándo llega esto a San Luis Potosí?— ya tiene respuesta.

La explicación fácil es que son cosas de adolescentes, que siempre ha habido modas raras y esta les tocó a ellos. Esa explicación se queda corta. Lo interesante no es que los jóvenes hayan inventado un juego de estatus con nombre gracioso. Es que ese juego copia, casi al pie de la letra, la misma lógica que hace funcionar a los algoritmos de redes sociales: no hace falta que alguien programe la regla “premia el espectáculo”. Basta con que el sistema (en este caso, un grupo de amigos parado en una plaza) aprenda que cierta conducta genera más reacción que otra, y esa conducta se vuelve la moneda.

“Farmear” viene de los videojuegos, donde significa repetir una tarea sencilla para ganar experiencia o recursos. El término empezó a circular en 2024 en publicaciones sobre personajes de anime, deportistas y celebridades que “tenían aura”: una manera de decir que transmitían poder o presencia sin necesidad de explicarlo. Dos años después, en agosto de 2026, el concepto saltó de las redes a los espacios públicos de varios países de América Latina (Brasil, Argentina, Bolivia, Perú, Paraguay, y ya también México) en forma de “batallas de aura”: dos personas se paran frente a frente y compiten por proyectar la mayor presencia posible, mientras el público reacciona con aplausos o gritos que funcionan como votación informal.

A mí este mecanismo no me agarra de sorpresa. Cuando salió Ingress, el primer juego de realidad aumentada de Niantic, salía a farmear portales con otros jugadores: caminar por la ciudad y pelearte el control de un punto virtual contra gente que nunca habías visto, solo porque el juego te daba una razón para estar ahí. El que le pegó más fuerte, porque fue mucho menos underground, fue Pokémon Go, el siguiente juego de Niantic: la misma lógica de salir a la calle, encontrarte con desconocidos e interactuar en grupo para pelear un espacio virtual que solo existía dentro del teléfono. El farming de aura no inventó nada. Solo le quitó la pantalla de en medio: ya ni siquiera hace falta un juego que te diga que hay algo ahí para que la gente salga a competir por atención.

Lo que hace interesante el fenómeno no es la batalla en sí. Es que estos chavos aprendieron a comportarse como si estuvieran optimizando para un algoritmo incluso cuando no hay ningún algoritmo mirando. La recompensa ya no es un “me gusta” ni una vista. Es la reacción inmediata de la gente que tienen enfrente. Pero la estructura del juego (actuar para conseguir una reacción medible, competir por quién genera más respuesta, dejar que el aplauso decida quién “ganó”) es exactamente la estructura que las plataformas llevan más de una década enseñándoles a premiar. No necesitaron subir el video para que la lógica se les quedara grabada.

Esto conecta con algo que vale la pena recordar cuando se habla de por qué las redes sociales no necesitan querer dividirte o hacerte competir para lograrlo: les basta con elegir mal la métrica. Una auditoría publicada en 2025 sobre el ranking de contenido de X encontró que el sistema amplificaba el contenido más emocional y hostil, no porque alguien lo hubiera decidido así, sino porque ese contenido generaba más minutos de atención que cualquier otro. La plataforma no necesitó odiar a nadie. Solo necesitó medir mal qué valía la pena mostrar más seguido. El farming de aura es la misma lección, pero exportada fuera de la pantalla: si entrenas a alguien durante años a que la reacción del público es lo único que cuenta, esa persona termina buscando esa reacción aunque no haya ninguna plataforma de por medio.

Aquí vale la pena detenerse un momento, en vez de simplemente reírse del video de un niño remando una lancha con cara de héroe de acción que le dio la vuelta al mundo y que, sin querer, terminó bautizando toda la tendencia. Ese video no le enseñó nada nuevo a nadie. Solo le puso nombre a algo que las plataformas ya venían entrenando desde antes. La diferencia entre esa lancha y la Plaza de Armas de Morelia un martes por la tarde es apenas el escenario. La lógica (actuar para una audiencia que aplaude o abuchea en tiempo real) es la misma que cualquier usuario de redes reconocería de inmediato, aunque nunca haya visto una batalla de aura en persona.

No hace falta prohibirles nada a los adolescentes ni alarmarse porque ahora “hasta en la calle” reproducen la lógica de las redes. Lo que vale la pena notar es otra cosa: cuando una generación entera internaliza tan bien la métrica de una plataforma que ya no necesita la plataforma para actuar según ella, el problema dejó de ser solo del algoritmo. Es de qué aprendimos, todos, que vale la pena que nos vean hacer.

Ahora que la batalla de aura ya llegó a la Plaza de Armas, a la FENAPO y a las colonias potosinas, vale la pena hacerse una pregunta parecida a la que cerraba la reflexión original sobre los algoritmos: ¿qué tanto de lo que haces frente a otros, con cámara o sin ella, lo sigues haciendo porque de verdad quieres, y qué tanto porque alguna vez una plataforma te enseñó qué reacción vale la pena perseguir?


Notas y fuentes

Versión completa y fuentes adicionales del artículo original: “El algoritmo no te odia. Solo aprendió que el conflicto vende más que la verdad.”

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Enseñanzas nocturnas | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

Por: Juan Jesús Priego

¡Qué sueño más extraño! ¿O debo llamarlo pesadilla? Estaba yo en alguna parte –tal vez era un bosque, aunque no podría asegurarlo- cuando de pronto escuché una voz que me llamaba por mi nombre. ¿Quién podía ser? La voz me era desconocida y, sin embargo, me parecía de algún modo familiar

-¿Quién es? –pregunté girándome primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda, avanzando hacia atrás y luego hacia delante-. ¿Quién me habla?

En torno mío no había nadie más, y al descubrir esto me invadió el terror. Volví a preguntar:

-¿Quién es?

Literalmente, temblaba. Un sudor frío me hacía tiritar hasta el punto que tuve que ovillarme debajo de un árbol. ¿O es que llovía? No lo sé. A este respecto, lo único que puedo recordar es que se hacía de noche, cada vez más de noche, y yo no sabía qué hacer para detener el tiempo.

-Ven –me dijo la voz-. No tengas miedo.

-No tengo miedo –dije sólo por no quedarme callado-. Pero, ¿quién eres?

-Tu tiempo de estar en el mundo se ha acabado. Ahora debes venir.

Aquellas palabras, lo recuerdo aún, me hicieron ponerme muy triste. Ahora ya sabía yo quién era el que me hablaba de esta manera, pero, así y todo, no quería marcharme. Por lo menos, no todavía. Antes tenía que volver a casa y dejar arreglados todos mis asuntos. Estaba dispuesto a obedecer, pero antes necesitaba dejar mis cosas en orden.

-¿A qué esperas? –me urgía la voz-. ¡Dame tu mano!

-No, todavía no. Estoy por terminar el último capítulo de un libro muy importante para mí. Es, además, el tercer volumen de una trilogía, y si queda inconcluso este capítulo quedará trunca la obra entera…

¡Qué extraños son los sueños! Yo no estaba en ningún bosque, sino sudando frío en mi cama, pero por otra parte era verdad que por aquellos días estaba ya por concluir el cuarto volumen de mis Meditaciones en torno a la literatura y la fe. ¿Y cómo irme de este mundo sin haber puesto punto final a esta serie que ya consideraba yo la obra de mi vida? ¡No, todavía no, por el amor de Dios! Después de haber colocado ese punto, que Dios hiciera conmigo lo que quisiese, pero antes no. Insistí, pues, en mi sueño:

-¿Por qué no me dejas terminar este trabajo? Si me llevas ahora, nadie sabrá que existe y quedará sin haber sido nunca publicado. Me falta en realidad muy poco. Si me apresuro, en quince días estará listo. ¡Dame sólo quince días! No te pido más…

Pero la voz fue terminante:

-No. El tiempo se te ha acabado. ¡Ven!

-¿Es que no tiene importancia para ti que yo ponga punto final a ese libro? ¿No te importa nada?

-¡He dicho que no!

Me sentía como un niño que negocia y regatea con su padre con el único objeto de salirse con la suya. Lo que no alcanzaba a comprender es por qué se negaba Él a dejarme acabar esa obra. ¿Qué había de malo en ello? Se trataba sólo de quince días. No le pedía el elíxir de la inmortalidad, ni mi negativa era rotunda… Yo quería llorar. Me sentía incomprendido. Bajé los brazos y me quedé mirando la lejanía.

¿Qué me llevaba conmigo ahora que me llamaban? ¡No había podido terminar mi obra! El documento inconcluso estaba en la memoria de mi computadora y seguramente, para volverla a utilizar, mis parientes borrarían todo lo que se encontraran en ella: así, con un solo golpe de manos, con un solo clic. ¡Qué fracaso!

Con estos pensamientos me atormentaba a mí mismo cuando, de pronto, lo comprendí, y la intuición me hirió como un rayo: la vida del hombre es muy breve; por lo tanto, sólo nos justifica lo que hemos podido hacer en el transcurso de una hora, de un solo día, de un minuto. Lo que importa es, pues, el amor. Si escribir un libro fuera una justificación válida, uno no podría morir antes de que el libro estuviera terminado: morir antes sería absurdo. Además, no se escribe un libro todos los días, en tanto que se puede amar cada minuto. ¡Sólo el amor es un todo en sí mismo!

¿Qué me llevaba conmigo ahora que me llamaban? Sólo los pequeños gestos de amor que, entre un compromiso y otro, había podido realizar. En realidad, únicamente eso.

-Está bien, vamos –dije. Y, mientras levantaba el brazo, me desperté. Lo tenía tan entumido que ni siquiera podía sentirlo.

¡Qué sueño más extraño! Y, sin embargo, a partir de allí una cosa me ha quedado clara: que nada vale ante Dios más que el amor que en este único día podemos regalar. ¡Nadie sabe si mañana estaremos todavía en este mundo! Y también que, si es bueno escribir, todavía es mejor amar.

Escribió el doctor Bernie Siegel en uno de sus libros: “Somos mortales, todos vamos a morirnos algún día, no importa cuánto ejercicio hagamos o cuántas verduras biológicas comamos. Si admito esta idea, aprovecho al máximo mi vida en el presente, haciendo hoy lo que más me gustaría hacer el resto de mi vida. Mi actitud es que, si muriera esta noche o mañana, mi vida habría sido completa; me siento realizado porque he amado en plenitud. Yo suelo decir a todos, sanos o no, que deben vivir como si fueran a morir en cualquier momento”.

Ojalá le hagan caso, doctor. Porque nada hay más verdadero que esto. Anoche, mientras dormía, lo comprendí.

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