agosto 26, 2026

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#4 Tiempos

Los santos lugares | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

Me gusta ir a los templos antiguos y quedarme en ellos lo más que puedo. Me gusta su olor, su penumbra, su silencio. Son como un vientre en el que uno se encuentra a salvo de las tormentas de la ciudad y de la vida.

Al entrar a estas viejas construcciones es como si uno se hubiera ido a vivir a una isla en la que nadie pudiera encontrarnos, ni siquiera los que nos buscan con insistencia. Que nos esperan: ya regresaremos; que nos dejen un momento con nosotros mismos y con Dios: ya nos volveremos a ver. Ahora nos encontramos en un universo donde se vive sólo de lo esencial.

Aquí el ruido de la calle se apaga y el tumulto de los pensamientos se aquieta, pues lo santo que en este lugar mora exige silencio y reverencia.

Las rodillas, siempre firmes y rígidas, se doblan en gesto de veneración. En la oficina uno está siempre sentado o de pie, pero aquí nos arrodillamos. Es el único lugar donde el hombre puede arrodillarse sin sentirse ultrajado. Arrodillarse afuera sería cobardía; aquí es adoración.

Conforme se adentra uno en este mundo misterioso, los movimientos de nuestro cuerpo van tornándose menos bruscos y nerviosos, el corazón recobra su ritmo natural, la respiración se tranquiliza y el estrés disminuye. Es como si hubiéramos tomado una píldora para los nervios y ésta nos hubiera hecho efecto al instante.

Aquí el tiempo queda relativizado, si no es que detenido. La imagen sagrada que nos observa desde su nicho inalcanzable está en ese preciso lugar desde hace 100 años, o 200. Y al sentirnos alcanzados por su mirada dulce o terrible damos menos importancia a los movimientos internos de nuestro reloj.
Esta mirada nos interroga acerca de las cosas verdaderamente importantes y exige una respuesta.

¡Qué relativo nos parece lo urgente en el banco de un templo, qué sin importancia! Pareciera que únicamente desde aquí es posible ver las cosas en sus justas dimensiones.

Los que dicen no ir nunca a un templo, no saben lo que se pierden.
Cuando se entra en él no distraídamente, como quien va a un lugar turístico, sino en una actitud de profundo respeto ante lo santo, verá pronto cómo su mente se aclara, su corazón se serena y su voluntad se hace más fuerte. ¿Quiere usted tomar una buena decisión, una decisión justa? Vaya a un templo, quédese allí unos momentos –sin ver el reloj, apagando su celular, abandonándose a la atmósfera que en él se respira-, y vea después lo que sucede.

Sobre cosas serias, no decida usted en su escritorio, o viendo la televisión, o fumándose un cigarro; haga mejor lo que hizo Viktor E. Frankl (1905-1997), el famoso psicólogo vienés, cuando tuvo que decidir si quedarse en Austria acompañando a sus padres, que tarde o temprano irían a parar a un campo de concentración, o irse a Manhattan, donde le esperaba una vida llena de éxitos, pero lejos de sus padres y con el remordimiento de haberlos abandonado justo en el momento en que más era necesario estar con ellos.

Era el año de 1942, en Viena. La segunda guerra mundial se hallaba en su momento más dramático; los judíos eran despojados de todo y conducidos a lugares de los que no se volvía; el doctor Frankl, pues, se hallaba ante un serio dilema: ¿irse a América o quedarse en Europa?

«Cubrí con mi portafolios la estrella amarilla que tenía que usar en mi abrigo -cuenta en su autobiografía- y me senté una noche en la catedral de Viena.

Había un concierto de órgano y pensé: Siéntate, escucha la música y considera todas las preguntas. Descansa, Viktor, pues estás muy distraído. Entonces me pregunté a mí mismo qué hacer. ¿Debía yo sacrificar a mi familia por el bien de la causa a la que había dedicado mi vida, o debía sacrificar esta causa en bien de mis padres? Cuando uno está confrontado con esta clase de preguntas, uno ansía una respuesta del cielo… Cuando terminó el concierto, dejé la catedral y me fui a casa.

Ahí, sobre el aparato de radio, estaba un pedazo de mármol. Le pregunté a mi padre qué era eso. Él era un judío piadoso y lo había tomado del lugar donde estuvo la sinagoga más grande de Viena. Esta piedra fue parte de las tablas que contenían los diez mandamientos. En la piedra estaba grabada en dorado una letra hebrea. Mi padre me dijo que la letra aparecía solamente en uno de los
mandamientos, en el cuarto, que dice: Honra a tu padre y a tu madre [Éxodo 20, 12].

Eso era el signo que necesitaba. Decidí permanecer en Austria y dejar que mi visa americana caducara».

Si Viktor Frankl no se hubiese planteado la pregunta en la catedral de Viena, ¿habría encontrado la respuesta que tanto anhelaba en aquel bloque de mármol, o lo habría tomado por una simple piedra sin importancia?

En el templo el corazón se hace más sensible y se preocupa de las únicas cosas verdaderas.

¿Qué más podemos decir en torno a este lugar sagrado? Que allí es seguro encontrar a Dios. Si buscas desesperadamente a un hombre, ¿a dónde vas a ir a buscarlo? ¿Caminarás sin rumbo por las calles de la ciudad para ver si la casualidad te hace dar con él? ¿No te informarás más bien dónde vive e irás allá a buscarlo? Pues bien, con Dios sucede algo similar. Y no porque Él no esté en todas partes, sino porque el Señor mismo dijo así: «He escuchado la oración y la súplica que me has dirigido. Consagro este templo que has construido para que en él resida mi nombre por siempre; siempre estarán en él mi corazón y mis ojos» (1 Reyes 9,3).

¿Quieres tener la certeza de que Dios escuchará tu clamor? Ya sabes lo que tienes que hacer. ¿Quieres sentirte visto por Él? Ven: en el templo están sus ojos.

Lo digo una vez más: los que dicen no ir nunca a un templo, no saben lo que se pierden.

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El Cronopio

Un pionero de la astrofísica en San Luis Potosí | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

Uno de los dos primeros potosinos en estudiar formalmente astronomía y en realizar investigación en astrofísica son Joel Cisneros Parra oriundo de Salinas, San Luis Potosí, y de quien hemos tratado ya en esta columna, y Antonio Sarmiento Galán que se recibiera como físico y como matemático en la década de los setenta del siglo XX en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Antonio Sarmiento Galán comenzó a estudiar física en la entonces Escuela de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, para interrumpir sus estudios y emigrar a la Ciudad de México donde ingresaría a la Facultad de Ciencias de la UNAM para estudiar simultáneamente la carrera de física y la carrera de matemáticas, mismas que concluiría en 1976. Estas líneas de formación regirían su vida académica y profesional, pues contribuiría a la investigación en física en el área de la astrofísica y posteriormente en el ámbito de las matemáticas, siendo actualmente investigador del Instituto de Matemáticas, Unidad Cuernavaca de la UNAM desde 1999; previamente había sido investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM de 1981 a 1998.

Su formación primaria en astrofísica fue en el tema en el que coincidieron estos dos personajes potosinos, pioneros en el estudio de la astrofísica, sistemas binarios. Su tesis de licenciatura en física presentado en 1978 versó sobre Etapas Evolutivas Avanzadas en Sistemas Binarios. Realizó su maestría en ciencias en la propia Facultad de Ciencias de la UNAM y su doctorado en el Departamento de Matemáticas Aplicadas del Queen Mary College en la Universidad de Londres donde vuelve a combinar su interés en la física y la matemática, que no la física-matemática. Su tesis de doctorado en dicha universidad fue sobre Gravitación en el Sistema Solar que presentó en 1981.

Entre sus estudios de formación y, en especial en astrofísica se encuentran Estudios para la Localización de un Sitio Astronómico en la República Mexicana, en la Facultad de Ciencias de la UNAM en 1977 y 1978 y, Ph ysical Cosmology en Francia en la École d’Été de Physique Théorique. Université de Grenoble. Les Houches, Haute Savoie en julio de 1979.

Antonio Sarmi ento, como astrofísico ha hecho importantes aportaciones científicas teóricas en temas como la evolución química del Universo, la gran explosión, la gravitación en teoría general de la relatividad y el vacío en sistemas no inerciales.

Su contribución no se ha limitado al carácter de investigación pues ha tenido una intensa actividad en educación, no sólo impartiendo cursos de astrofísica, relatividad, física teórica y gravitación, sino que ha realizado una destacada participación en actividades de educación no formal, en especial en divulgación de la ciencia, donde ha escrito numerosos textos entre artículos y libros entre los que se encuentran libros técnicos y de divulgación, participando, además, con conferencias, videos y programas de radio para todo tipo de público con temas de física y astronomía.

Antonio Sarmiento ha contribuido al desarrollo de la educación y la investigación científica en su tierra de nacimiento apoyando programas de divulgación como Domingos en la Ciencia en San Luis Potosí, La Semana de Física y La Ciencia en el Bar, donde ha participado en varias sesiones. Como la charla Fractales que puede consultarse en la dirección: https://www.youtube.com/watch?v=AutyQCtnuI8

En una entrevista para la revista “¿Cómo Ves?”, de la UNAM, rechaza la idea de que la labor científica sea evaluada por premios, “Por fortuna hay muchos investigadores para quienes lo valioso es tener amor por la camiseta de la ciencia, o pasar horas en el laboratorio haciendo un experimento. Ellos se olvidan por completo de premios o publicidad en la radio o la televisión”.

Antonio Sarmiento Galán nació en San Luis Potosí el 23 de abril de 1954 y se convierte en el segundo potosino en formarse profesionalmente como astrofísico y contribuir al desarrollo de la ciencia y la educación científica, siendo además uno de los primeros matemáticos potosinos.

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#4 Tiempos

El filósofo de Lo Mexicano, Luis Villoro Toranzo | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

En 1950 El Colegio de México publicaba la obra: Los grandes momentos del indigenismo en México, escrita por Luis Villoro Toranzo, que iniciaba su trayectoria filosófica en México, después de graduarse en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se doctoró en filosofía.

Bajo la influencia del filósofo español desterrado y que fuera Rector de la Universidad de Madrid, José Gaos, emprendió en el grupo filosófico Hiperion, el estudio del Ser del Mexicano y la producción de la filosofía de Lo Mexicano desde corrientes como el existencialismo, el historicismo y la fenomenología.

Aunque el interés en el tema del indigenismo al parecer tuvo sus raíces en las experiencias de juventud en el altiplano potosino, en la Hacienda de Cierro Prieto al noroeste de la ciudad de San Luis Potosí, donde la familia de su madre tenía sus raíces y donde viviría por un tiempo, antes de trasladarse a la Ciudad de México a estudiar filosofía en la UNAM.

En dicha hacienda, al decir de su hijo el escritor Juan Villoro en su libro sobre su padre: la figura del mundo, le marcaría la escena de un campesino que al encontrarlo le saluda besándole la mano y refiriéndose a su persona como “patroncito”.

Luis Villoro nació el 3 de noviembre de 1922 en Barcelona, España; su padre un médico barcelonés y su madre una rica hacendada potosina. Tras el conflicto de la guerra civil española, su familia regresa a México y se instala en primera instancia en San Luis Potosí a fines de la década de los treinta.

La trayectoria intelectual de Luis Villoro, siempre estuvo en torno al tema de lo mexicano lo que lo llevó a estar de cerca y apoyar el movimiento zapatista en Chiapas al parejo de su vida académica en la UNAM.

En su pensamiento se subraya la convivencia social bajo el respeto entre culturas, exige reconocer al otro y construir comunidades que incluyan la diversidad, sin sacrificar la autonomía de las personas ni de los pueblos. Lo que le llevo a proponer enfoques para una democracia que reconozca la pluralidad de identidades.

Profesor de la UNAM desde 1954 en la Facultad de Filosofía y Letras de donde egresó, fue también investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas desde 1971 y

en el cual es nombrado Investigador Emérito en 1989, mismo año en que recibe el Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades. En 1998 es nombrado Investigador Nacional Emérito de la UNAM.

En la creación de instituciones también tuvo participación, fue profesor fundador de la Facultad de Filosofía de Guadalajara y de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa haciéndose cargo de la dirección de la División de Ciencias Sociales y Humanidades. En 1978 ingresa a El Colegio Nacional y en 1986 recibe el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía.

La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo le otorgó el Doctorado Honoris Causa en el 2002, y en el 2004 se lo otorga la Universidad Autónoma Metropolitana. Finalizando el año de 2007 es nombrado Miembro Honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.

Respecto a su obra filosófica, el Centro de Estudios de Filosofía Mexicana la reseña: “La obra de Villoro no es posible clasificarla en una sola línea de investigación, pues su producción filosófica se desarrolló en varias vertientes a lo largo de su vida intelectual, por ejemplo: el campo de la historia de las ideas y de la filosofía de la cultura, la filosofía de la historia, la filosofía política, la teoría del conocimiento, la analítica, la ética, entre otras”.

Luis Villoro Toranzo, que se nutrió de la vida mexicana en el altiplano potosino es considerado uno de los más destacados representantes de la filosofía mexicana, siendo su obra una parte indispensable de la filosofía. Villoro murió en la Ciudad de México el 5 de marzo del 2014.

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#4 Tiempos

Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego

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Una vez, un famoso orador se presentó ante un auditorio muy numeroso para disertar acerca de La dignidad humana y sus fundamentos teóricos (así tituló su conferencia). ¡Pero, ay, tan largamente habló de estos asuntos que muchos asistentes empezaron a bostezar y otros francamente se durmieron! Entonces decidió cambiar de táctica y sacó de su cartera un billete de quinientos pesos, lo agitó en el aire y preguntó con voz tonante:

¿Alguien quiere este billete?

Los que estaban despiertos levantaron la mano, y los que en ese momento dormían también la levantaron, e incluso más firmemente que los otros, un poco así como los diputados y los senadores la levantan en la Cámara a la hora de las votaciones. ¿Sobre qué van a votar? Sólo Dios lo sabe, pero ellos de todas maneras, para fingir que viven, dan muestras de asentimiento. Pero sigamos con nuestra historia. Era claro que todos querían participar en el dichoso concurso, pero ¿qué tenían que hacer para ganarse esos quinientos pesos?

El orador adoptó un aire misterioso, tiró al billete al suelo, lo pisoteó una, dos y cien veces, cual si bailara sobre él el jarabe tapatío, lo levantó del suelo y volvió a decir:

-El billete ha quedado un poco maltratado, como ustedes pueden ver. Pero si alguien lo sigue queriendo, que me lo diga.

Por demás está decir el revuelo que se armó. ¿A quién le importaba que estuviera maltratado? ¡Todos seguían queriendo aquel billete!

Luego el orador escupió sobre él, lo dobló, hizo con él una bola del tamaño de una pelota de golf y lo enseñó otra vez a su auditorio.

-Quien en tales condiciones siga queriendo este billete no tiene más que decírmelo y se lo daré.

Y he aquí que todos volvieron a levantar la mano.

-Bien –dijo entonces el orador-. Ahora ya están en mejor condiciones de saber qué es la dignidad humana. Cuando el billete estaba liso y crujiente, todos lo querían, pues valía lo que dice en cada uno de sus cuatro ángulos, es decir, quinientos pesos. Cuando lo pisoteé no una, sino varias veces, y quedó manchado con el lodo de mis zapatos, ustedes quisieron tenerlo aún, pues seguía valiendo quinientos pesos: mis golpes, como quiera que sea, no le hicieron perder nada de su valor. Luego lo escupí, pero no por eso ustedes le hicieron ascos. Pues así sucede con el hombre, señores y señoras. El hombre puede ser pisoteado, escupido, humillado; pero, pase lo que pase con él y le hagan lo que le hagan, nunca perderá su valor ni su dignidad.

El auditorio esbozó una sonrisa de comprensión y amabilidad, y el orador prosiguió de esta manera:

-Suceda lo que suceda, ante Dios siempre seremos valiosos e importantes: infinitamente más valiosos que este billete que, por lo demás, sólo vale quinientos pesos. ¿Ahora han comprendido ya en qué consiste la dignidad humana?

Y así acabó aquella conferencia. Espero que, por su bien, el orador haya sorteado entre el auditorio aquel billete, pues, de lo contrario…

Cuando leí esta historia en un libro de cuyo título no puedo acordarme, también yo sonreí. Pero no por el ingenio de este orador, sino porque ya había leído yo en un libro de la antigüedad cristiana una historia parecida.

Una vez –así comienza esta otra historia, mucho más antigua que la primera-, un peregrino fue en busca de un anacoreta para pedirle ayuda y un consejo. Estaba muy afligido por sus pecados pasados y no estaba seguro de que Dios fuera a perdonárselos. “No he sido bueno –gemía, desconsolado-; no he sido trigo limpio. ¿Tendrá Dios compasión de mí?”.

El anacoreta le habló largamente de la misericordia divina, le contó la historia de David y otras muchas tomadas de la Biblia; lo amonestó con graves palabras para que confiara más en la misericordia divina, pero el pobre peregrino seguía mostrándose al borde de la desesperación.

Entonces el santo hombre de Dios le hizo esta pregunta:

-Dime, si tu túnica se rasgara, ¿la tirarías?

-No. Esta túnica es la única que tengo; si se rasgara, la remendaría y volvería a usarla.

-Entonces, fíjate bien –respondió el anacoreta-: si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?

El peregrino sonrió lleno de gozo, luego lloró durante unos instantes, emocionado, y por último besó la mano del santo anacoreta: había comprendido la lección. ¡Ahora ya sabía cuál es el valor de la vida humana! Y, dándole las más sinceras gracias, reemprendió su camino…

¿No es ésta una historia bella y profundamente humana? En realidad, me gusta mucho más que la anterior. ¿Crees que, por lo que has hecho, Dios se va a deshacer de ti echándote en el olvido? ¿Crees que Dios se deshace de este modo de sus criaturas? Sí así lo crees, si esto es lo que piensas de Él, déjame decírtelo: aún no lo conoces. Como el billete del conferencista, el hombre puede estar sucio; como la túnica del peregrino, su corazón puede estar roto, pero no por eso a sus ojos vale menos. Tal es, en pocas palabras, el fundamento de la dignidad humana. Y quien quiera fundamentarla de otra manera y con otros argumentos construye sencillamente en el vacío.

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