agosto 26, 2026

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#4 Tiempos

Monologos de Barrabas | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Conozco casi todos los retratos que tanto los escritores como los cineastas han hecho de mí. ¿Debo decir abiertamente que no me reconozco en ninguno de ellos?

Franco Zeffirelli, el director italiano, por citar a uno entre mil, me representó como un gigante furioso de cuya boca escurrían sin cesar, en un mismo flujo hediondo, espumarajos y blasfemias. Mel Gibson, en La pasión de Cristo, no pudo, por su parte, pintarme más repulsivo: cabellos hirsutos, dientes podridos… ¡En fin, algo muy parecido a un animal! Sin embargo, yo no era ni más feo ni más bello que el común de mis compatriotas, aunque era un delincuente…

Casi diría que me agrada la parquedad con la que los evangelios se refieren a mi persona. Mateo, por ejemplo, se limita a decir de mí que «era un preso famoso» (27,16). Pero Juan es más parco todavía; dice: «Barrabás era un salteador» (18,40). En síntesis, nada de descripciones físicas o psicológicas que pudieran hacer demasiado equívoca la comprensión de mi modesta humanidad. «Un salteador más o menos famoso, más o menos popular»: he aquí, en pocas palabras, una descripción sumaria y bastante exacta de mi situación en aquel remoto entonces. Por lo demás, ninguno de los evangelistas se atrevió a decir de mí que fuese un monstruo.

A pesar de ello, la historia me ha visto siempre con horror y rencor. ¡Se me odia gratuitamente! Sin embargo, es hora de decir que no fui yo quien planteó la famosa alternativa que aún hoy consterna a los cristianos. La pregunta, si lo recordáis, fue hecha por Poncio Pilato como último recurso para salvar al Salvador (¿os disgusta este juego de palabras?):

«-¿A quién queréis que os suelte: a Jesús o a Barrabás?» (Mateo 17, 27).

El procurador romano quería que el pueblo eligiera, pero no en base a la belleza de uno y a la fealdad de otro, sino a la de nuestras respectivas conductas; por decir así, era una pregunta de carácter mucho más ético que estético. Espero que me creáis si os digo que cuando aquella alternativa fue anunciada en alta voz a la multitud enloquecida, yo temblaba de miedo en un calabozo subterráneo en espera del verdugo. De hecho, cuando el guardián abrió la puerta de la celda, mi primer impulso fue retroceder, lleno de espanto.

-¿Es ya la hora? -pregunté enloquecido.

El otro salteador que debía morir conmigo en la misma ejecución también retrocedió espantado y se golpeaban la cabeza con piedras y guijarros: tanta era su locura y su desesperación.

Mientras seguíamos los dos al guardia que nos conducía por una galería intrincada y oscura, yo todavía estaba en la idea de dirigirme al matadero. No fue sino hasta más tarde que supe la  buena noticia.

-¡Eres libre! -me dijo el procurador esbozando una sonrisa dolorosa, de una infinita tristeza-. El pueblo te ha preferido a ti…

-¡Libre! Pero, ¿es que no voy a morirme? -pregunté.

-¡Claro que vas a morirte, Barrabás! -me dijo Poncio Pilato con un dejo de ironía en la voz-, pero aún no.

A veces la felicidad no puede expresarse más que con aullidos, y yo, en aquel momento, aullé hasta perder la voz, hasta asemejarme en todo a una fiera que ha escapado de la trampa del cazador. ¡Libre! P ensándolo bien, quizá haya sido a causa de este aullido que la posteridad me ha juzgado con tanto rigor. Pero, ¿qué queréis que os diga? Vosotros, en mi lugar, habríais hecho lo mismo que yo: gritar, gruñir, reír, echar espumarajos por la boca, volveros locos de felicidad.

-Éste morirá en tu lugar –me dijo el guardia apuntando con su dedo una figura que no me era totalmente desconocida pero a la que todavía no miraba con aprecio.

-Sí, sí, que muera por mí, que muera por mí, que muera por mí, yo no quiero morirme. -Creo que esto fue lo único que pude susurrar, o gritar, o qué sé yo-. ¡Sí, que se muera él!

El único escritor que ha sido capaz de adivinar lo que pasó conmigo después de aquel viernes fatídico, fue Pär Lagerkvist (1891-1974), un escritor sueco a quien, pese a haber recibido en 1951 el premio Nobel de literatura, hoy ya casi nadie lee. Él fue el único en intuir que mi vida, después de aquel mediodía, no podía ser ya la misma. En una página brillante me describe así: «Había adelgazado, tenía un aspecto miserable, no era ya como en otro tiempo, no era más como al principio. Se podría pensar que no fuese el mismo». Y, en efecto, no era ya el mismo. Alguien había dado su vida por mí, alguien había muerto en mi lugar, y eso cambiaba las cosas.

Mi nombre aún hoy produce a muchos una especie de sudor frío. ¿Quién impone a sus hijos, por ejemplo, el nombre de Barrabás? Pero acaso sea yo el único que puede decir en qué consiste lo que los creyentes designan con el nombre de redención. Nadie como yo ha experimentado, al menos en vida y de una manera tan palpablemente real, lo que significa decir: «El murió por mí», porque así ha sido, en efecto. Él murió por mí de la manera más literal que pueda tener esta expresión. 

En realidad -y digo esto sin complacencia-, yo soy el primero de los redimidos, el redimido arquetípico, por decirlo así, y los creyentes que deseen comprender de qué manera han sido salvados, harían bien deteniéndose aunque sea un poco en la contemplación de mi persona. Entonces estarían en grado de entrever algo y caerían en la cuenta de que la redención es algo mucho menos abstracto de lo que a veces tienden a suponer. Si así fuera, tal vez podrían, como yo aquella vez, gritar, gruñir, reír, echar espumarajos por la boca y volverse locos de alegría.

¿No les falta a los cristianos un aire más de redimidos (como decía un filósofo moderno)? Pues bien, que piensen en mí, que me observen con detenimiento, que se pongan en mi lugar, diciendo: «En realidad, Barrabás soy yo», y quizás así entenderán. No sé, tal vez…

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El Cronopio

Un pionero de la astrofísica en San Luis Potosí | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

Uno de los dos primeros potosinos en estudiar formalmente astronomía y en realizar investigación en astrofísica son Joel Cisneros Parra oriundo de Salinas, San Luis Potosí, y de quien hemos tratado ya en esta columna, y Antonio Sarmiento Galán que se recibiera como físico y como matemático en la década de los setenta del siglo XX en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Antonio Sarmiento Galán comenzó a estudiar física en la entonces Escuela de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, para interrumpir sus estudios y emigrar a la Ciudad de México donde ingresaría a la Facultad de Ciencias de la UNAM para estudiar simultáneamente la carrera de física y la carrera de matemáticas, mismas que concluiría en 1976. Estas líneas de formación regirían su vida académica y profesional, pues contribuiría a la investigación en física en el área de la astrofísica y posteriormente en el ámbito de las matemáticas, siendo actualmente investigador del Instituto de Matemáticas, Unidad Cuernavaca de la UNAM desde 1999; previamente había sido investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM de 1981 a 1998.

Su formación primaria en astrofísica fue en el tema en el que coincidieron estos dos personajes potosinos, pioneros en el estudio de la astrofísica, sistemas binarios. Su tesis de licenciatura en física presentado en 1978 versó sobre Etapas Evolutivas Avanzadas en Sistemas Binarios. Realizó su maestría en ciencias en la propia Facultad de Ciencias de la UNAM y su doctorado en el Departamento de Matemáticas Aplicadas del Queen Mary College en la Universidad de Londres donde vuelve a combinar su interés en la física y la matemática, que no la física-matemática. Su tesis de doctorado en dicha universidad fue sobre Gravitación en el Sistema Solar que presentó en 1981.

Entre sus estudios de formación y, en especial en astrofísica se encuentran Estudios para la Localización de un Sitio Astronómico en la República Mexicana, en la Facultad de Ciencias de la UNAM en 1977 y 1978 y, Ph ysical Cosmology en Francia en la École d’Été de Physique Théorique. Université de Grenoble. Les Houches, Haute Savoie en julio de 1979.

Antonio Sarmi ento, como astrofísico ha hecho importantes aportaciones científicas teóricas en temas como la evolución química del Universo, la gran explosión, la gravitación en teoría general de la relatividad y el vacío en sistemas no inerciales.

Su contribución no se ha limitado al carácter de investigación pues ha tenido una intensa actividad en educación, no sólo impartiendo cursos de astrofísica, relatividad, física teórica y gravitación, sino que ha realizado una destacada participación en actividades de educación no formal, en especial en divulgación de la ciencia, donde ha escrito numerosos textos entre artículos y libros entre los que se encuentran libros técnicos y de divulgación, participando, además, con conferencias, videos y programas de radio para todo tipo de público con temas de física y astronomía.

Antonio Sarmiento ha contribuido al desarrollo de la educación y la investigación científica en su tierra de nacimiento apoyando programas de divulgación como Domingos en la Ciencia en San Luis Potosí, La Semana de Física y La Ciencia en el Bar, donde ha participado en varias sesiones. Como la charla Fractales que puede consultarse en la dirección: https://www.youtube.com/watch?v=AutyQCtnuI8

En una entrevista para la revista “¿Cómo Ves?”, de la UNAM, rechaza la idea de que la labor científica sea evaluada por premios, “Por fortuna hay muchos investigadores para quienes lo valioso es tener amor por la camiseta de la ciencia, o pasar horas en el laboratorio haciendo un experimento. Ellos se olvidan por completo de premios o publicidad en la radio o la televisión”.

Antonio Sarmiento Galán nació en San Luis Potosí el 23 de abril de 1954 y se convierte en el segundo potosino en formarse profesionalmente como astrofísico y contribuir al desarrollo de la ciencia y la educación científica, siendo además uno de los primeros matemáticos potosinos.

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#4 Tiempos

El filósofo de Lo Mexicano, Luis Villoro Toranzo | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

En 1950 El Colegio de México publicaba la obra: Los grandes momentos del indigenismo en México, escrita por Luis Villoro Toranzo, que iniciaba su trayectoria filosófica en México, después de graduarse en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se doctoró en filosofía.

Bajo la influencia del filósofo español desterrado y que fuera Rector de la Universidad de Madrid, José Gaos, emprendió en el grupo filosófico Hiperion, el estudio del Ser del Mexicano y la producción de la filosofía de Lo Mexicano desde corrientes como el existencialismo, el historicismo y la fenomenología.

Aunque el interés en el tema del indigenismo al parecer tuvo sus raíces en las experiencias de juventud en el altiplano potosino, en la Hacienda de Cierro Prieto al noroeste de la ciudad de San Luis Potosí, donde la familia de su madre tenía sus raíces y donde viviría por un tiempo, antes de trasladarse a la Ciudad de México a estudiar filosofía en la UNAM.

En dicha hacienda, al decir de su hijo el escritor Juan Villoro en su libro sobre su padre: la figura del mundo, le marcaría la escena de un campesino que al encontrarlo le saluda besándole la mano y refiriéndose a su persona como “patroncito”.

Luis Villoro nació el 3 de noviembre de 1922 en Barcelona, España; su padre un médico barcelonés y su madre una rica hacendada potosina. Tras el conflicto de la guerra civil española, su familia regresa a México y se instala en primera instancia en San Luis Potosí a fines de la década de los treinta.

La trayectoria intelectual de Luis Villoro, siempre estuvo en torno al tema de lo mexicano lo que lo llevó a estar de cerca y apoyar el movimiento zapatista en Chiapas al parejo de su vida académica en la UNAM.

En su pensamiento se subraya la convivencia social bajo el respeto entre culturas, exige reconocer al otro y construir comunidades que incluyan la diversidad, sin sacrificar la autonomía de las personas ni de los pueblos. Lo que le llevo a proponer enfoques para una democracia que reconozca la pluralidad de identidades.

Profesor de la UNAM desde 1954 en la Facultad de Filosofía y Letras de donde egresó, fue también investigador del Instituto de Investigaciones Filosóficas desde 1971 y

en el cual es nombrado Investigador Emérito en 1989, mismo año en que recibe el Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades. En 1998 es nombrado Investigador Nacional Emérito de la UNAM.

En la creación de instituciones también tuvo participación, fue profesor fundador de la Facultad de Filosofía de Guadalajara y de la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa haciéndose cargo de la dirección de la División de Ciencias Sociales y Humanidades. En 1978 ingresa a El Colegio Nacional y en 1986 recibe el Premio Nacional de Ciencias Sociales, Historia y Filosofía.

La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo le otorgó el Doctorado Honoris Causa en el 2002, y en el 2004 se lo otorga la Universidad Autónoma Metropolitana. Finalizando el año de 2007 es nombrado Miembro Honorario de la Academia Mexicana de la Lengua.

Respecto a su obra filosófica, el Centro de Estudios de Filosofía Mexicana la reseña: “La obra de Villoro no es posible clasificarla en una sola línea de investigación, pues su producción filosófica se desarrolló en varias vertientes a lo largo de su vida intelectual, por ejemplo: el campo de la historia de las ideas y de la filosofía de la cultura, la filosofía de la historia, la filosofía política, la teoría del conocimiento, la analítica, la ética, entre otras”.

Luis Villoro Toranzo, que se nutrió de la vida mexicana en el altiplano potosino es considerado uno de los más destacados representantes de la filosofía mexicana, siendo su obra una parte indispensable de la filosofía. Villoro murió en la Ciudad de México el 5 de marzo del 2014.

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#4 Tiempos

Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego

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Una vez, un famoso orador se presentó ante un auditorio muy numeroso para disertar acerca de La dignidad humana y sus fundamentos teóricos (así tituló su conferencia). ¡Pero, ay, tan largamente habló de estos asuntos que muchos asistentes empezaron a bostezar y otros francamente se durmieron! Entonces decidió cambiar de táctica y sacó de su cartera un billete de quinientos pesos, lo agitó en el aire y preguntó con voz tonante:

¿Alguien quiere este billete?

Los que estaban despiertos levantaron la mano, y los que en ese momento dormían también la levantaron, e incluso más firmemente que los otros, un poco así como los diputados y los senadores la levantan en la Cámara a la hora de las votaciones. ¿Sobre qué van a votar? Sólo Dios lo sabe, pero ellos de todas maneras, para fingir que viven, dan muestras de asentimiento. Pero sigamos con nuestra historia. Era claro que todos querían participar en el dichoso concurso, pero ¿qué tenían que hacer para ganarse esos quinientos pesos?

El orador adoptó un aire misterioso, tiró al billete al suelo, lo pisoteó una, dos y cien veces, cual si bailara sobre él el jarabe tapatío, lo levantó del suelo y volvió a decir:

-El billete ha quedado un poco maltratado, como ustedes pueden ver. Pero si alguien lo sigue queriendo, que me lo diga.

Por demás está decir el revuelo que se armó. ¿A quién le importaba que estuviera maltratado? ¡Todos seguían queriendo aquel billete!

Luego el orador escupió sobre él, lo dobló, hizo con él una bola del tamaño de una pelota de golf y lo enseñó otra vez a su auditorio.

-Quien en tales condiciones siga queriendo este billete no tiene más que decírmelo y se lo daré.

Y he aquí que todos volvieron a levantar la mano.

-Bien –dijo entonces el orador-. Ahora ya están en mejor condiciones de saber qué es la dignidad humana. Cuando el billete estaba liso y crujiente, todos lo querían, pues valía lo que dice en cada uno de sus cuatro ángulos, es decir, quinientos pesos. Cuando lo pisoteé no una, sino varias veces, y quedó manchado con el lodo de mis zapatos, ustedes quisieron tenerlo aún, pues seguía valiendo quinientos pesos: mis golpes, como quiera que sea, no le hicieron perder nada de su valor. Luego lo escupí, pero no por eso ustedes le hicieron ascos. Pues así sucede con el hombre, señores y señoras. El hombre puede ser pisoteado, escupido, humillado; pero, pase lo que pase con él y le hagan lo que le hagan, nunca perderá su valor ni su dignidad.

El auditorio esbozó una sonrisa de comprensión y amabilidad, y el orador prosiguió de esta manera:

-Suceda lo que suceda, ante Dios siempre seremos valiosos e importantes: infinitamente más valiosos que este billete que, por lo demás, sólo vale quinientos pesos. ¿Ahora han comprendido ya en qué consiste la dignidad humana?

Y así acabó aquella conferencia. Espero que, por su bien, el orador haya sorteado entre el auditorio aquel billete, pues, de lo contrario…

Cuando leí esta historia en un libro de cuyo título no puedo acordarme, también yo sonreí. Pero no por el ingenio de este orador, sino porque ya había leído yo en un libro de la antigüedad cristiana una historia parecida.

Una vez –así comienza esta otra historia, mucho más antigua que la primera-, un peregrino fue en busca de un anacoreta para pedirle ayuda y un consejo. Estaba muy afligido por sus pecados pasados y no estaba seguro de que Dios fuera a perdonárselos. “No he sido bueno –gemía, desconsolado-; no he sido trigo limpio. ¿Tendrá Dios compasión de mí?”.

El anacoreta le habló largamente de la misericordia divina, le contó la historia de David y otras muchas tomadas de la Biblia; lo amonestó con graves palabras para que confiara más en la misericordia divina, pero el pobre peregrino seguía mostrándose al borde de la desesperación.

Entonces el santo hombre de Dios le hizo esta pregunta:

-Dime, si tu túnica se rasgara, ¿la tirarías?

-No. Esta túnica es la única que tengo; si se rasgara, la remendaría y volvería a usarla.

-Entonces, fíjate bien –respondió el anacoreta-: si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?

El peregrino sonrió lleno de gozo, luego lloró durante unos instantes, emocionado, y por último besó la mano del santo anacoreta: había comprendido la lección. ¡Ahora ya sabía cuál es el valor de la vida humana! Y, dándole las más sinceras gracias, reemprendió su camino…

¿No es ésta una historia bella y profundamente humana? En realidad, me gusta mucho más que la anterior. ¿Crees que, por lo que has hecho, Dios se va a deshacer de ti echándote en el olvido? ¿Crees que Dios se deshace de este modo de sus criaturas? Sí así lo crees, si esto es lo que piensas de Él, déjame decírtelo: aún no lo conoces. Como el billete del conferencista, el hombre puede estar sucio; como la túnica del peregrino, su corazón puede estar roto, pero no por eso a sus ojos vale menos. Tal es, en pocas palabras, el fundamento de la dignidad humana. Y quien quiera fundamentarla de otra manera y con otros argumentos construye sencillamente en el vacío.

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